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La escritura poética en los documentales de Felipe Guerrero

Los documentales Medellín (1998) y Paraíso (2006), de Felipe Guerrero, son dos momentos singulares en la producción documental y, en general, en el universo audiovisual colombiano. A la vez, señalan una línea de trabajo que este artículo busca comenzar a definir.

La no ficción como forma

No es fácil encontrar en el audiovisual colombiano, ya sea en ficción o en documental, autores que se caractericen por ser auténticos, o que transgredan las estructuras cómodas que actualmente se ven en el cine y la TV. Ahora es más común encontrar modelos de lo que se supone “está bien hecho”, y vemos esa cantidad de adefesios estandarizados en el cine de ficción, que a muchos les gustan porque es lo que acostumbran ver: esquemas que se asemejan a los utilizados en los comerciales de TV, en el video clip y en los culebrones de las telenovelas colombianas, convirtiéndose en formas de imitación que cosechan cada vez más aceptación debido, precisamente, a su supuesto “éxito”.

Aunque existen diferencias en los métodos de producción del cine documental, vemos que las dinámicas de lo “aceptado” han generado una proliferación de trabajos -“reportajes” o “especiales” (estilo pirry)- en los cuales predomina un afán por mostrar una información que pueda causar cierto impacto, ya sea a través del testimonio o de la farsa-representación (los docudramas), queriendo reducir la labor del documentalista a la de un transmisor de información, o a la de un seudo-artífice de la realidad.

Sin embargo, ante semejante panorama, hace falta reconocer el trabajo de aquellos documentalistas colombianos que han elegido hacer cine porque tienen la necesidad de desentrañar eso que a simple vista no se ve, o se ha eludido, como Marta Rodríguez, que con su vasta obra se ha ocupado por hacer visibles problemas como la explotación, la desigualdad económica, o la lucha del pueblo indígena del Cauca por el reconocimiento de sus derechos, entre otros problemas socio-económicos y políticos que ya conocemos, o creemos conocer, pero que parecen pasar inadvertidos. 

Otros pocos  se han interesado en  desarticular las tendencias imitativas mencionadas, y buscan crear, transmitir, o generar ideas que no están supeditadas a las estructuras convencionales, tanto en la gramática audiovisual, como en el tratamiento narrativo. No son muchos, pero es el caso de José Miguel Restrepo, por ejemplo, o de Felipe Guerrero, quien es el tema de este artículo.

Aunque sean escasos o no sean muy conocidos los ejemplos de documentales en los que se pueda apreciar la autonomía del autor frente a esos convencionalismos, resulta grato encontrarse con los trabajos Medellín (1998) y Paraíso (2006), de Guerrero. Documentales en los cuales el autor ha elegido la poesía, y hablamos de poesía literaria, como figura narrativa, pero usándola a la vez de un modo transfigurado.

En estos documentales apreciamos una asincronía textual que es explícita, y propositiva, permitiéndole al espectador establecer relaciones de pensamiento libre bajo un montaje lírico. En sus trabajos no vamos a encontrar esos énfasis en lo que ya es obvio; por el contrario, la narración es discontinua, y está articulada en un ritmo fracturado y, sin embargo, armónico. 

En Medellín hay, como decíamos, una narración poética literal, que es presentada a través de las voces de los poetas en diferentes lenguas. Ellos van conociendo la  cotidianidad de la ciudad, ese ir y venir de sus habitantes por aquellos lugares que pueden ser espacios de regocijo, o de refugio. Ciudad de contrastes como muchas en el mundo, y no por eso carece de sentido mostrar parte de los lugares que la caracterizan y la hacen común: el Metro, el centro administrativo La Alpujarra, y algunas calles de la ciudad que son transitadas por esos poetas extranjeros, percibiéndolas cada uno a su manera.

En ese breve recorrido por Medellín, el autor nos muestra la textura de esas calles que muchas veces recorremos de afán, y que algunos vecinos de la urbe ni siquiera conocen. Se adentra escaleras arriba en un barrio de una comuna, y sin ningún exhibicionismo filma ese entorno de casas hechizas, mientras unos niños disfrutan jugando un partido de fútbol, al mismo tiempo que escuchamos en off al narrador de una transmisión del mundial del 98. Esas imágenes -para muchos familiares- tienen un significado particular, y aunque esté mediado por la intención del autor, ese significado no va a ser  el mismo para el que las ve desprevenido, que para quien las ve con prejuicios.

El montaje en Medellín, produce la sensación de una melodía cadenciosa, en la que  los fragmentos de la ciudad, acompasados con los sonidos que producen las personas y sus artefactos, están intervenidos en pistas que se superponen unas a otras, generando un ritmo inusitado, y sugestivo. 

Sin embargo, es en Paraíso, donde el autor siente que está condensada su propuesta poética–documental. Allí vuelve a proyectar el desinterés por un cine que se limite a contar “una historia”, o a dar una información. En Paraíso, Guerrero continúa con una narración transfigurada, y la expone con total libertad. 

Al igual que en Medellín, el autor hace un recorrido –predeterminado- a través de la poesía, pero esta vez  elige aquellos lugares que tuvieron alguna representación para el Nadaísmo. El viaje al que nos induce tiene múltiples significados, por lo tanto, en Paraíso vemos imágenes –aparentemente sin sentido- que precisamente al estar desprovistas de amaño o artificio, pueden ser incomprensibles, si lo que se busca es encontrar una narración lineal, o explícita. 

No hay entonces una sola línea argumental, por el contrario, dentro de la fragmentación de la realidad allí expuesta, el autor se sumerge en esos detalles cotidianos, en los que las personas ocupan su tiempo, o en los que el espacio denota un determinado momento. Es así como nos presenta secuencias de algunas imágenes en presente a través de asociaciones con otras en pasado, evidenciando, por ejemplo, cómo los discursos de los gobernantes han sido siempre repetitivos y fútiles. De la misma manera que une imágenes de archivo en las que hubo reacciones de parte de la población -en una u otra década-, con momentos del presente en los que no siempre se puede inferir una relación directa.

En Paraíso, no hay que tratar de entenderlo todo. Eso generaría un prejuicio, y nos estaríamos limitando a lo más simple, a imponerle una unidad de sentido. Sin embargo, cada obra tiene una intención, y es el autor el que decide hacerla o no evidente, o si por el contrario, busca que se creen diversos sentidos. 

En la voz de Jaime Jaramillo Escobar –JJE-, se puede interpretar parte de ese discurso sugerido por Guerrero, y que está disperso en Paraíso. Los cortos fragmentos de los poemas de JJE -superpuestos entre otras pistas de audio-, van señalando distintos momentos de la historia de  Colombia, además de mostrar la fuerza de la poesía nadaísta: 

“Juegan con nosotros como el gato con el ratón…

(…) hasta nos prestan dinero para que les compremos armas para defendernos de ellos”. (Extracto del poema Andanza del Río Cauca – en Poemas de Tierra Caliente – 1985)

En el montaje, es donde quizás cobra mayor fuerza la conjunción imagen / sonido- de los documentales de Guerrero; y es el diseño sonoro -especialmente en  Paraíso– el que permite tener la sensación de estar oyendo una pieza de música concreta, en la que las imágenes parecen danzando al compás de los sonidos; percibiéndose  sobre todo en los primeros 30 minutos del documental; ya que luego hay un cambio trascendente –causal- y la narración se torna más inconexa, apoyada en sonidos a veces estridentes, consecuente con las imágenes que se proyectan. 

La obra de Guerrero no puede leerse o interpretarse en una sola línea, o desde un único  significado, y eso es lo valioso de sus documentales, lo que los caracteriza y los hace auténticos: el no limitarse a realizar un trabajo monotemático, o informativo. El haber elegido la poesía como narración cinematográfica, hace que su propuesta esté desligada de aquellos parámetros de lo predecible y convencional.